“Let’s go, people… ¡Ámonos a Chichén Itzá!”

Chichén Itzá, México, fue la casa favorita de mi papá por muchos años. La recorrimos juntos, me enseñó a descubrirla… y sí, siempre es duro volver a este sitio y no verlo andar por el sacbé o escuchar sus manos aplaudir en el Juego de Pelota, pero él está ahí. Entre ruinas, energía y mucha gente que de seguro lo extraña también. 

Recuerdo la primera vez que acompañé a mi papá a su trabajo como guía de turistas en Chichén Itzá: lo hacía con el corazón. Siempre lo admiré mucho, pero ver a tu súper héroe favorito en acción, representaba el mundo para una niña de ocho años. A la fecha, sigue siendo así, aunque ahora mi papá me guía desde arriba, si no desde el cielo, sí desde lo infinito del cosmos. Eso elijo creer.

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No entendí muchas cosas entonces, cuando niña, además de que el recorrido lo impartía casi siempre en inglés (lo que para mi resultaba aún más increíble). No sabía muy bien a qué se refería cuando hablaba de la importancia de este lugar para la cultura maya y el trabajo descomunal que implicó erigir este importante centro ceremonial.

Me gustaba mucho tomarlo de la mano, ser “la hija del guía”, que me preguntaran si yo también, de grande, quisiera ser guía de turistas como Don Rafa. No recuerdo mi respuesta, pero sí el tremendo orgullo que me daba cuando se acercaban a saludarme colegas o turistas de papá. 

Para muchos, Chichén Itzá representa una impresionante muestra de grandeza de la civilización maya, para mi, es uno de los más bellos recuerdos con mi papá y cada vez que viaje a esta zona arqueológica de Yucatán, invariablemente, le dedicaré mis pasos al gran señor que fue Don Rafa. Te extraño siempre. 

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