Crónica de un descenso en rappel anunciado

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Es el segundo día de nuestro viaje a Chiapas. El primero, recién llegados a Tuxtla Gutiérrez, recorrimos el Cañón del Sumidero y Chiapa de Corzo. Son días lluviosos, así que las formaciones en el cañón se vieron increíbles chorreando agua y creando cascadas espectaculares en sus formaciones. Esperemos que la lluvia cese para la aventura que se viene en la Sima de las Cotorras.

Me pongo ropa deportiva, tomamos un café mis amigos y yo y nos dirigimos a la puerta del hotel a esperar a Fernando de Viajes Chiapas, nuestro increíble guía durante el viaje.

El recorrido es como de hora y media desde Tuxtla Gutierrez hasta el municipio de Ocozocoautla de Espinosa, en donde se encuentra la imponente Sima de las Cotorras cuya profundidad es de 140 metros. El camino es precioso. Hay neblina asomándose entre los cerros. Dejó de llover, la tierra aún está húmeda y aromatiza el camino bonito. Huele fresco, a campo.

Mientras avanzamos nos vamos quedando sin señal en los teléfonos, pero no pasa nada, ni quien quiera ver Facebook en este viaje. Entre una cosa y otra tomamos un par de fotos, pero lo cierto es que las fotos más lindas las tomamos con la memoria, porque lo que ven nuestros ojos no se puede retratar con ninguna cámara. Cantar canciones “pavosas” de la playlist de Caque, reirnos de tonterías, platicar con Fernando acerca de las muchas riquezas de Chiapas pero también compartiendo las carencias de su gente. Es todo. No se le puede tomar una foto convencional a un momento así.

Llegamos a la Sima de las Cotorras

Bajamos del auto y nos dirigimos a un restaurante. Más bien corrimos. Ese es nuestro primer asomo al lugar: vi un hundimiento enorme, un hueco gigante en la superficie, las paredes están recubiertas de mucho verde, las copas de los árboles se asoman desde el fondo y la vista es espectacular. Cruzan de un lado a otro decenas de cotorras, nos dicen que más temprano, recién amanece, salen cientos de aves y emprenden el vuelo del día. ¿A dónde irán?

Fernando nos presenta con los encargados de Rappel Sima de las Cotorras y nos indica que hay tres opciones: recorrer el mirador sin descenso, descender solo 30 metros o descender los 110 metros de profundidad. Naturalmente y sin saber qué viene, elegimos la opción más ruda. A eso vinimos.

Nos ponen arnés, casco, nos colocan de espaldas al desfiladero, nos amarran muy bien. “Fer, voltea a ver el fondo”, me dice Eli. Volteé. Dios mío, ¿qué hago aquí?

“¿Se ve muy profundo?”, me pregunta. Yo no sé si aventarme de una vez o quitarme todo para regresar a la comodidad del restaurante, pero creo que mi expresión responde a su pregunta. No debí ver hacia abajo.

Ya no hay vuelta atrás, ya no hay vuelta atrás. Nos amarran muy bien a los cuatro y Fernando se queda viéndonos y tomando una que otra foto con la cámara de Eli. ¿Qué hago aquí?, me pregunto otra vez.

El momento del descenso en rappel

“¿Listos? Estas son las indicaciones”. Escucho atenta qué hacer en el descenso en rappel. Mi corazón palpita rapidísimo de emoción y nervios. “Ahora, con cuidado, den un paso hacia atrás de la plataforma y cuelguen hasta tocar la pared de piedra”.

Lo que siento de estar colgada a más de 100 metros de altura sin nada más que un arnés y una cuerda sosteniéndome es tremendo. ¿Que qué hago aquí? Vivir. Eso.

Empezamos a descender. De pronto giré un poco para ver a mis espaldas el fantástico lugar. Las cotorras vuelan cantando, danzan de un lado a otro, nos acompañan en esta aventura y, aunque cada uno de nosotros va concentrado en hacer las cosas bien, nos hacen sentir acompañados. No estamos solos, pero sí.

Bajo más. ¡Qué hermosa vista! Volteo hacia arriba, veo a mis amigos y el cielo, de fondo, entre azul y gris por las nubes. Siento que me estoy sumergiendo entre la tierra.

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Bajo más y más y más. Llego al final. Lo logré. ¡Qué felicidad!

Logramos descender todos y ya estamos listos para lo que sigue: recorrer las profundidades la sima, toparnos con bichos raros y una flora particularmente espesa, húmeda. Como llovió, nos enlodamos los zapatos. Esta aventura se pone cada vez mejor. Caminamos entre troncos, piedras y ramas. Como es resbaloso el terreno, nos hace agudizar nuestros sentidos. Terminamos tumbados en un tronco enorme celebrando que llegamos al centro, a lo más profundo de la Sima de las Cotorras. Momento de gloria hasta que nuestro guía nos dice que es tiempo de regresar. Mismo camino de vuelta.

 

Aún falta lo más rudo

Nos pone arnés, casco, nos amarra bien. ¿Cómo hay que subir? ¿Hay escalera? ¿Tendrán canastita que me lleve de regreso? No. Con mi propia fuerza y maña debo cargar mi peso de vuelta al inicio, no hay otra forma de regresar. Es doloroso, me tiemblan los brazos y las piernas, siento que no avanzo.

Este momento es el más difícil que he enfrentado, porque sí, mi vida pende de una cuerda y soy yo la responsable de llevarme sana y salva a casa y seguir en este viaje.

A medio camino dejo de subir, me quedo colgando y pienso que sería una buena idea poner un Oxxo a mitad de la sima. Un trago de agua estaría bien. Hubiera desayunado más que solo un café. Podría quedarme colgando aquí para siempre, ya no puedo más.

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Dejo de pensar tonterías e intento subir un poquito. El arnés me lastima. Marhu ya llegó, Caque casi, casi, Eli está unos metros arriba de mí librando su propia batalla. De eso se ha tratado esta experiencia en la Sima de las Cotorras: de luchar contra uno mismo y superar nuestros propios límites. Es mental, físico y espiritual. Dios mío, ¿qué hago aquí?

Todos ya están arriba y yo sigo colgada viendo la inmensidad de la Tierra. Resignada. Llega Alejandro -uno de nuestros guías- y me echa una mano para subir. No me carga, no se puede, pero me ayuda con su cintura a jalar la mitad de mi peso para que me sea más sencillo ascender.

Llegamos hasta arriba. Las piernas me tiemblan, no siento los brazos, un par de lágrimas se me salen del gusto de no haber tenido que poner un Oxxo a la mitad de la nada. Qué bonita es la tierra firme.

Terminamos tomando una Coca fría en el restaurante, viendo correr a un nuevo grupo de viajeros emocionados por hacer rappel. Ahí van, con esa misma expresión que tuvimos al llegar.

Aquí, en la Sima de las Cotorras, he vivido con toda la intensidad que se puede vivir. Hoy me conozco un poquito más. Este era entonces el propósito del viaje. Vaya dicha.

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